Investigadora del IVIC durante toda su vida laboral, ahora preside la Academia de Ciencias Físicas, Matemáticas y Naturales. Gioconda San Blas no se va del país, selecciona junto a sus compañeros académicos a los científicos que merecen ser premiados y que siguen en Venezuela. Tiene una bella experiencia que contar de los días en que dirigió Ciencia y Tecnología de la Gobernación de Miranda en manos de Capriles y Maragall



Se va quedando sola: viuda de su marido Felipe San Blas, sus hijos y nietos entre Zulia, el mar y Londres. Quien la acompaña es Agustín, con síndrome de Down. Quizás su casa en San Antonio de los Altos le parezca demasiado grande, quizás tenga momentos de desasosiego; pero lo que transmite es entereza, vitalidad y rigor. Cada vez que se sienta a escribir sus artículos para talcualdigital.com es un parto con dolor. Se exige ante cada palabra, y eso se nota en sus textos, que son, vistos en conjunto, un pormenorizado informe de las iniquidades y brutalidades del poder.

Gioconda San Blas es una científica que alguna vez pensó en ser abogada. La experiencia vivida en la Gobernación de Miranda, a las órdenes del pedagogo Juan Maragall y en tiempos de Henrique Capriles, deberá ser rescatada y emulada en otras partes del país algún día. El proyecto estaba cuando ella llegó al puesto, pero ella lo llevó con entusiasmo y solvencia durante varios años: comenzó a trabajar en la Gobernación como directora de Ciencia y Tecnología en 2011, una vez jubilada del IVIC, y estuvo hasta que el chavismo tomó (o asaltó) la entidad, no hace mucho.

Se resumía en esto: dar razones a los adolescentes para que se les despertara el interés —o, en el mejor de los casos, la pasión— por las ciencias. Sesenta y dos liceos dependían de la Gobernación directamente. En octubre, al comenzar cada año escolar, llegaban los profesionales de la Gobernación a estimular a los docentes, los primeros que había que ganarse para la idea. El asunto era montar una gran feria de ciencia y tecnología estadal y que se premiara a los grupos de estudiantes que presentaran las mejores investigaciones. A medida que se fue conociendo, se incorporaron algunos liceos privados y/o dependientes del Ministerio de Educación.

Echando la vista atrás (ella no sabe si eso ahora ha continuado, probablemente no), Gioconda destaca la entrega de los docentes, siempre remunerados por debajo de lo que merecen. Habla de generosidad cuando se refiere a ellos: incentivaban y organizaban a sus grupos del bachillerato para que asumieran labores de investigación. No era un programa para poner a los adolescentes a descubrir la cura de enfermedades ni cosas fuera de su alcance; simplemente, partiendo de ciertos fundamentos, que se interesaran, que mirasen las posibilidades de aplicar su proyecto o desarrollo dentro de su propio entorno. Todo ello con la asesoría de sus profesores.

El programa fue un logro. Primero, ferias internas en cada liceo donde se escogían los trabajos más meritorios, del ciclo básico y del diversificado. De allí pasaban a las ferias regionales (el estado Miranda se divide en cinco regiones) para seleccionar los tres mejores trabajos de cada una de las regiones: treinta trabajos en total para el gran encuentro mirandino de ciencia y tecnología que se organizaba en mayo, en el campus de alguna universidad caraqueña. Un festín competitivo. Una idea simple para entusiasmar.

GIOCONDA PUERTAS ADENTRO

Ella siempre se ha desempeñado en el mundo de la ciencia. Actualmente preside la Academia de Ciencias Físicas, Matemáticas y Naturales. Esta institución persevera entregando cuatro premios anuales: Mujeres en Ciencia, Juan Alberto Olivares, Arnoldo Gabaldón para investigadores jóvenes, Luis Manuel Carbonell Parra para asuntos ambientales.

—¿Cómo es eso, en las condiciones en que está el país?

—El hecho de que podamos dar premios, respaldados por un currículo, significa que se sigue trabajando a pesar de las circunstancias adversas. Eso me da fuerzas para continuar adelante; es una prueba de que seguimos trabajando. Claro que las condiciones ahora son difíciles, pero el hecho es que quedan investigadores en el país que se merecen un premio. La Fundación Polar también sigue dando sus premios, no ha dejado de darlos nunca.

—Te hiciste científica en plena era de la democracia bipartidista. ¿Cómo se trataba a la ciencia en tiempos pre Chávez?

—No era que los políticos le ponían gran atención a la ciencia, pero tenían la vaga noción de que un país sin ella no era lo adecuado, así que los científicos peleaban por sus fondos y al final los lograban. La ciencia era vista, desde el poder, como la guinda de la torta.

—¿Y en cuanto al gobierno de Chávez?

—Fue en el gobierno de Chávez, en 2001, cuando el Ministerio de Ciencia y Tecnología se creó formalmente, su primer ministro fue Carlos Genatios. Hubo compras de equipos, pero no un desarrollo armónico del sector. Se creó la LOCTI, que fue un buen impulso. A lo largo de los primeros cinco años se hicieron varias cosas positivas. Pero no hubo continuidad.

—¿Cuándo te diste cuenta de que Chávez despreciaba la ciencia?

—Una vez, en una alocución, dijo que él no iba a financiar científico tipo Ciro Peraloca. Estaba molesto no me acuerdo por qué. Cuando Chávez botó a un contingente de trabajadores y ejecutivos de PDVSA por televisión, se llevó por delante la estructura del Intevep. Había unos 170 PhD y más de doscientos magísteres. La totalidad de los PhD fueron expulsados. Y de los magísteres hubo una poda de un cincuenta por ciento, al menos. Toda la planta de investigación quedó en nada. Era el núcleo de desarrollo tecnológico de la industria petrolera.

—¿Sientes que el país ha fracasado?

—Hay países que han fracasado y hoy en día son pioneros en el mundo. Un ejemplo es Alemania: mira cómo quedó después de la Segunda Guerra Mundial Uno puede decir que los alemanes tenían otro basamento, que las condiciones eran distintas, pero el punto es otro: podríamos decir, en este momento, que Venezuela es un país fracasado. Pero eso no es una cosa irreversible. Si no fuera optimista, no me hubiera quedado. No he pensado hasta el momento irme del país. Quisiera permanecer aquí, seguir adelante y luchar en lo que me toque. Pienso que ha emigrado mucha gente preparada: hasta hace tres años se decía que habían salido más de 12 mil tecnólogos y científicos. Hoy es mucho más. Pongamos veinte mil, una cifra grande para un país como Venezuela. Han salido, además, como 25 mil médicos. Y más o menos veinte mil ingenieros en diferentes especialidades. Cuando vienes a ver quizás puedas hablar de una población preparada al más alto nivel de unas cien mil personas. Una cifra muy alta para nosotros. Y sin embargo, quedan en el país quienes no se van, dispuestos a seguir para ayudar.

—¿Y si el gobierno cambiara?

—Un día terminará y espero ver el inicio de una nueva era; el país contará con la gente que se ha quedado y también con quienes viven en el exterior. Aun cuando no todos regresen (es ilusorio pensar que todos van a regresar pues cada quien tendrá su vida hecha en otro lado), un porcentaje significativo estará dispuesto a colaborar.

—¿Cómo será eso posible?

—Por ejemplo, en el caso de ciencia y tecnología: ¿cuál es la colaboración? El intercambio. Que muchachos de aquí puedan salir a hacer pasantías allí donde haya venezolanos investigadores, y que estos investigadores entrenen a los nuevos venezolanos en todas las técnicas que han ido aprendiendo allá. O, de repente, se pueden traer venezolanos de afuera a una serie de charlas en las universidades y laboratorios del país. Hay programas en África donde ese tipo de cosas se hace.

EL PAÍS QUE DEBE VOLVER

Licenciada en Química en la UCV, siempre mostró inclinación hacia la bioquímica. Tuvo la oportunidad de ingresar en el Ivic desde muy temprano, en un momento en que no había Fundayacucho ni nada de eso; el Ivic ofrecía a los estudiantes trabajar al lado de un investigador y eso fue un gran aprendizaje para ella. De allí la mandaron a Edimburgo a hacer el doctorado. . El doctorado lo hizo en bioquímica, sin haber tomado curso previo. Su tutor, en Escocia, la mandó a dos cursos para nivelarla. Lo superó todo, avanzó, con el título doctoral regresaron ella y el marido a Venezuela. Luis Carbonell, quien luego sería ministro de Ciencia sin cartera, les recordó que en el Ivic les esperaba el Centro de Microbiología Celular. Había un camino abierto puesto que se estaba construyendo el sistema de ciencia y tecnología en Venezuela. Gioconda y Felipe llegaron del exterior con el ánimo propio de quien se dispone a construir un mejor futuro para sí mismo y para su país.

Ahora, su día a día anda entre la presidencia de la Academia y sus artículos. Y sus hijos y sus nietos. Está orgullosa de una exposición que abarca cien años de ciencia en Venezuela. Acaba de salir de la Biblioteca de la UCAB y se dirige a la UCV: “Ciencia: la búsqueda permanente”, se titula.

—Con otro gobierno, Gioconda, ¿qué habría que hacer en Venezuela ahora?

—Lo primero, meterle el pecho a la educación, de frente. La ciencia es vital para un muchacho de primaria y secundaria. No es solo el conocimiento. Es que el mundo exige disciplina, cumplimiento, trabajar metódicamente. Con ejemplo y tesón vas enseñando esos valores. Ahora que te hablo de eso recuerda a un muchacho de un sector muy pobre de los Valles del Tuy, que participó en la feria. Llegó a construir drones en el último año, que fue cuando ya nos íbamos y él ya estaba en quinto de bachillerato. Creo que quería seguir la carrera de ingeniería eléctrica. No sé qué habrá pasado con ese muchacho. Venía de un ranchito, en condiciones precarias. Con lo de la investigación se le había ido inculcando el trabajo metódico, sobre todo el no dejarse abatir por las circunstancias negativas.

—La educación es un trabajo a largo plazo, ¿no?

—Cualquier trabajo con educación es para largo, de varias generaciones, cuyo resultado a lo mejor uno no lo va a ver. Pero siembras la semilla. Hay que fortalecer la educación, no solo el conocimiento, los datos; es la formación ciudadana.

—¿Cuáles son las virtudes del venezolano que deben incentivarse?

—La capacidad de emprendimiento. El venezolano, en general, es emprendedor.

Gioconda es una investigadora, una científica, no una persona inclinada a la agricultura. Sin embargo, los valores que ella representa se relacionan con el arado. Y quienes ha tocado con su influencia, por lo visto, llevan su semilla consigo. Tiene esa capacidad. Quizás conozca intuitivamente ese tipo de siembra que no da papas ni arroz, sino que produce al cabo de cierto tiempo eso que ella misma ha dicho: formación ciudadana.